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martes, 13 de abril de 2010
Refrescando la Memoria (Histórica): Los Cubanos contra el Franquismo
jueves, 1 de abril de 2010
Las Políticas de Presión vs. la Diplomacia Correcta
En mi opinión, se debería tender a una diplomacia de triple vía. Por una parte España y la UE deberían comenzar, a través de su diplomacia con los Estados Unidos, intentar que se levante el embargo en su totalidad porque este no tiene razón de ser. El conflicto entre la clase política estadounidense y el gobierno cubano ha hecho difícil ubicar el debate central entre el Estado y la sociedad, porque el conflicto endógeno cubano es constantemente desplazado hacia el conflicto con los Estados Unidos. Así, el gobierno cubano instrumentaliza el discurso duro y la política del embargo de los EEUU como justificación de su inmovilidad política, utilizando el diferendo como arma arrojadiza contra cualquier intento de democratizar al país. Es por eso que Cuba tiene una defensa antidemocrática formidable para países que quieran deslegitimar todo esfuerzo democratizador: un "enemigo" externo que es, además, el principal actor geopolítico en el escenario mundial. Si los Estados Unidos llegan a comprender la importancia de que marcar el inicio de su retirada como actor externo del conflicto cubano, evaporaría al "enemigo" y dejaría al conflicto cubano endógeno expuesto en toda su dimensión y, posicionándose fuera del mismo se convertiría en un actor internacional importantísimo a favor de la democratización. Lo mismo pasa con la Posición Común, como instrumento de presión. Creo que la política de España y la UE con Cuba, debería contar con dos fases:
1ª Fase: Una política de doble vía, dialogando extensamente con el gobierno cubano, para que ratifique los tratados en materia de derechos y libertades fundamentales, y con la oposición democrática cubana, dejando claro al gobierno de Raúl Castro que se persigue abiertamente la democratización de la Isla y la defensa estricta y escrupulosa de los derechos humanos, pilares de la democracia española y de la UE.
2ª Fase: Intentar que los actores internacionales lleguen a un acuerdo con el gobierno cubano para propiciar un encuentro entre este y la oposición interna en Cuba, para lograr una transición por pacto.
Parece más facil de decir que de lograr, pero en esa dirección debe ir la cosa. Una transición por traspaso no es posible. La oposición presenta dilemas que le impiden presionar en la dirección de un posible traspaso, porque no representa alternativas políticas sociológicamente importantes ni utiliza un lenguaje de inserción social que la comunique con los sectores más dinámicos de la sociedad cubana, aquellos que podrían responder ante un llamado de este tipo. Por reemplazo tampoco, pues éste presupone la quiebra de la clase política cubana, y no es el caso.
Con independencia de los deseos, la transición en Cuba empieza como reforma para terminar eventualmente como pacto. No cabe otra. Y eso presupone una disidencia interna fuerte y unida, habiendo trabajado en la eliminación de sus dilemas y debilidades, y madurando políticamente.
martes, 12 de agosto de 2008
Raúl Castro y el Conflicto en Osetia del Sur
jueves, 8 de mayo de 2008
Cuba: Violación de los Derechos Humanos
1. El derecho al reconocimiento de su personalidad jurídica.
Y, por supuesto:
lunes, 14 de enero de 2008
¿Racismo?
A Cuba le queda mucho camino. Tanto para abolir el racismo, como el machismo, además de la misoginia y la homofobia, la hijas mayores de este último. El igualitarismo gubernamental, pese a su vocación de distribuir la riqueza (¿pobreza?) por igual, y sus logros sociales, no ha logrado mermar estos tres males nacionales, quizá por no tener vocación ni visión política para ello, o por estar demasiado ocupado en controlarlo todo. Y esa debe ser una de las tareas primordiales de la democracia cubana, cuando ésta sea viable.
En los Estados Unidos hay canales de televisión por y para los negros, u otros grupos humanos, entre otras muchas cosas, porque tampoco han solucionado el problema y porque la televisión estadounidense no ha querido reflejar la diversidad del país por igual en todos los medios. Que conste, no me opongo a que los negros, o las mujeres o los homosexuales, o los grupos humanos que así lo deseen tengan sus propios medios. Me parece, además, sano y positivo, pero que se haga extensivo y exclusivo, divide a la sociedad y agrava el problema, pues no habría un diálogo que incluya o acoja a toda la sociedad cubana, que es una sola.
Siempre he pensado que lo que nos une es que todos somos hijos de esta hermosa isla en medio del Caribe. A nivel personal es poco importante que el cubano que me cruzo en la calle tenga más o menos melanina en su piel, sea mujer, hombre, y si esta mujer u hombre son, o no, homosexuales. Cuando me encuentro a un/a cubano/a en la calle, y nos reconocemos, siempre hay una sonrisa, un "hola" y una complicidad a prueba de bala.
Cuba tiene una diversidad envidiable que yo no cambiaría por nada del mundo: descendientes de españoles, africanos, franceses, italianos, árabes, chinos, polacos, judíos, ingleses, jamaicanos, haitianos, yucatecos, y hasta de la madre del cordero. Somos un maravilloso crisol, y me cago en la pureza de las razas, que me parecen de lo más aburrido, monótono y soso. Y nuestro problema racial, machista y homofóbico debe comenzar a solucionarse desde nosotros mismos, desde nuestros hogares, inculcándo a nuestros hijos una educación humana y cabal, y luego podremos llevarlo a los gobiernos que constituyamos, como ciudadanos de una Cuba democrática, con plena y total responsabilidad. Os conmino a reflexionar.
Discontinuidad Constitucional en Cuba
A lo largo de nuestra República, e incluso antes de su proclamación, los cubanos hemos padecido más discontinuidad constitucional que una continuidad coherente. El triunfo de los ideales e intereses independentistas desde 1868, cuando comenzó nuestra primera guerra de independencia, se vio bajo el ámbito constitucional de las constituciones mambisas: la de Guáimaro (1869), la de Baraguá (1878), la de Jimaguayú (1895) y la de La Yaya (1897). La intervención de los Estados Unidos en la Guerra de Independencia cubana, precipitó una serie de prerrogativas constitucionales de la última constitución mambisa, y en 1898 se convocó una asamblea prevista por el artículo 40 de esta constitución, que se vio coartada, y finalmente fracasó, porque el poder lo ostentaba de facto el ejército ocupacionista estadounidense, y porque los cubanos no teníamos fuerza, ya no moral, sino material para imponer decisiones. Así, Cuba pasaría un período de constitucionalismo múltiple en el que rigieron tres constituciones y dos gobiernos con instrucciones provisionales: la Constitución de la Yaya, para las zonas ocupadas por el ejército independentista cubano, la Constitución Autonómica recién otorgada a Cuba en 1897, bastante tarde, para aquellas regiones en que aún dominaba el gobierno y el ejército español, el Régimen Constitucional provisional del General Leonard Wood en Santiago de Cuba, el gobierno civil establecido en La Habana por Brook y las Instrucciones Suplementarias dictadas por el presidente de los Estados Unidos McKinley, aunque esta situación prevaleció hasta la firma del Tratado de París, el 10 de diciembre de 1898, ratificado en abril de 1899. A partir del 1 de enero de 1899, Cuba pasó a ser gobernada por un régimen de facto bajo la soberana voluntad del gobernador estadounidense en La Habana. Para la redacción de la primera constitución republicana tuvo lugar un conflicto entre los que opinaban que la Constitución de la República debería o no incluir las futuras relaciones entre el gobierno de Cuba y los Estados Unidos. Una parte en desacuerdo argumentaba que las relaciones de la República naciente con los Estados Unidos o cualquier otro gobierno no era materia constitucional, sino de tratados ulteriores, mientras que la otra parte argüía que se debería incluir por la urgencia de acortar la ocupación. Amén de otras irregularidades jurídicas en que se desarrolló la Constitución de 1901, la república nació truncada por una la Enmienda Platt aprobada, curiosamente, por el Congreso de los Estados Unidos. Durante la República Plattista el problema de las irregularidades jurídicas no fue resuelto, lo que el país se vio avocado a situaciones de emergencia en varias ocasiones: en 1906, que derrocó a Tomás Estrada Palma y trajo como consecuencia la segunda ocupación estadounidense, en 1912 contra el gobierno del General Gómez que tuvo su origen en una sublevación de carácter racial, en 1917 contra la reelección de Menocal, en 1923 contra Alfredo Zayas. “En 1928 - nos dice Beatriz Bernal - bajo la dictadura de Gerardo Machado, se votó un proyecto de reforma constitucional y se convocó a elecciones constituyentes. De ahí surgió una Convención que, violando el artículo 115 de la Carta Magna de 1901, se declaró soberana, cosa que le estaba prohibida dado que dicho artículo sólo le permitía la aprobación o el rechazo de la reforma acordada por ambas cámaras. Sin embargo, la Convención de 1928 siguió adelante y redactó una nueva constitución que tuvo como puntos álgidos la prohibición de formar nuevos partidos políticos, y sobre todo aumentar el periodo de la presidencia de la República de 4 a 6 años y permitir la reelección del presidente. Gerardo Machado reformaba el texto constitucional con el fin de perpetuarse en el poder. La Constitución de 1928 fue, sin lugar a dudas, el caldo de cultivo de la revolución de 1933, que dio al traste con el gobierno del dictador." [1] Esta situación de impunidad del Machadato violó, además, la igualdad ante la ley – presupuesto básico de la democracia constitucional – y generó la última discontinuidad constitucional, desencadenando una guerra civil, la llamada revolución de 1933. Como puede observarse, la emergencia es uno de los estados disruptores del orden constitucional, y la revolución del 33 interrumpió el decursar de la primera república y de su ámbito constitucional de manera intermitente hasta que estuvo aprobada la constitución de 1940, y establecida la segunda república.
La nueva constitución y el nuevo sistema jurídico forman, consecuentemente, un nuevo marco legal que, en mayor o menor medida, se diferencia del marco legal precedente. Este nuevo escenario supone una ruptura normativa con el pasado legal y político y permite aplicar nuevos principios legales incluso a los hechos pasados que, respecto del futuro, se definen como actos criminales. Esto se explica pues, en el momento en que se produce una discontinuidad, la orientación prospectiva de la regulación legal es imposible sin una consideración histórica que atienda a la búsqueda de la justicia respecto al pasado, hecho que se repite con la revolución de 1959 aunque de forma aún más irregular, pues el gobierno actual interpreta a la historia, quiere decir, la transforma a su favor para conseguir una legitimación que, aunque le sea inherente, la sitúa directamente en el centro mismo de ese decursar histórico-jurídico que reúne las aspiraciones de todo un pueblo, manipulando y tergiversando hechos históricos, e incluso la promesa de restaurar el orden constitucional de 1940 y con él la democracia. Toda revolución contiene un elemento de discontinuidad política y jurídica, y la de 1933 que estableció la constitución de 1940, y 1959 que cambió el orden republicano para siempre, estableciendo un sistema político ajeno al devenir histórico de nuestro país, no son la excepción.
El rompimiento de la estabilidad y continuidad constitucional de la revolución de 1933, trajo consigo continuas transformaciones políticas y constitucionales en un momento en el que el desarrollo de un nuevo Derecho Constitucional rompe en algunos tópicos con el Derecho Constitucional clásico. Al mismo tiempo, la aparición de nuevos partidos políticos y de una amplia gama de divisiones de opinión sociopolítica hace que surja una aspiración creciente a la convocatoria a una Asamblea Constituyente y, por ende, a una nueva Constitución para el país.[2]
La Constitución de 1940 está, desde luego, más cercana a la socialdemocracia, matizada por la salvaguarda de los derechos individuales y la búsqueda de garantías para la realización de esos derechos y sus aspiraciones sociales, que al liberalismo español del Siglo XIX, el autonomismo criollo y la filosofía política estadounidense que tanto influyeron en la redacción de la Constitución de 1901. [3] De hecho, la constitución de 1940 era mucho más evolucionada desde el punto de vista jurídico y democrático que la de 1901, e incluía los conceptos de “una justicia social, un nacionalismo reformador, con aspiraciones de reformas sociales y económicas, economía dirigida, función social de la propiedad, protección social y educación cívico-militar, con acento en la enseñanza cívica rural." [4]
Reconozco que la constitución de 1940, en su momento, y por la influencia política-social de las personas que en Asamblea Constituyente, fue lo mejor de nuestro pensamiento nacional, tanto por el espacio que dio a las libertades individuales, como por la justicia social, el bienestar económico y solidaridad en ella implícitos. Incluso su influjo alcanza hasta el primer día de 1959 y la formación del primer gabinete del gobierno de Manuel Urrutia Lleó, aunque había sido interrumpida para siempre su continuidad legal el 10 de marzo de 1952 con el golpe de estado de Fulgencio Batista y Zaldívar. Fue la influencia de Fidel Castro y Ernesto Guevara la que va a dar al traste con la influencia este orden constitucional y su renuencia a seguirlo, como era la aspiración de la gran mayoría de los compatriotas que lucharon contra la dictadura de Batista. Ambos, Fidel Castro y Fulgencio Batista, tienen en común la negación del precepto constitucional de 1940 que afirma la igualdad de los cubanos ante la ley y para el disfrute de las libertades políticas y el bienestar individual y colectivo, al crear ambos un gobierno de facto y no de derecho. Aunque el gobierno de Fidel Castro no hubiese derogado la constitución de 1940, ésta no ha vuelto a estar nunca más vigente en el país, y dejó de ser legal en 1976 con la nueva constitución, aprobada en referendo por el pueblo cubano. Toda revolución contiene elementos de discontinuidad política y jurídica y la que culminó en 1959 no es, precisamente, una excepción.
Por otra parte, aunque la Constitución de 1940 ha sido lo mejor que ha tenido el país, como reconozco anteriormente, tiene en su contra su prolijidad. Mons. Carlos Manuel de Céspedes nos aclara que este exceso “se explica por la situación política anterior: los constituyentes de 1940 quisieron evitar a toda costa las quiebras en el Estado de derecho del período anterior y entendieron que una constitución minuciosa podría ayudar a consolidar la democracia. Los hechos posteriores nos han demostrado con creces que para constituir un Estado de derecho estable y congregante, se requiere un buen texto constitucional, pero que el texto solo no es suficiente garantía. La calidad ética de las personas, de manera especial de los gestores de la cosa pública, es el factor definitorio de la buena marcha de la República por el sendero, eso sí, que les traza el texto constitucional. Si la eticidad se deteriora, la de «los políticos» y la del pueblo, el texto es letra muerta." [5]
La constitución de 1976 es partidista, tiene poca visión democrática, y no estuvo redactada por una asamblea constituyente llamada a ese propósito por todas las fuerzas políticas del país, pero está refrendada por el pueblo cubano. En mi humilde opinión creo que volver al ámbito constitucional de 1940 arrastraría los errores y vicios que este tiene y creo que el tiempo en el que vivimos tiene suficientes avances en derechos humanos y teoría constitucional para, cuando Cuba esté en período de transición a una democracia, se llame a crear una asamblea constituyente donde se redacte una constitución del siglo XXI en la que quepan las aspiraciones de todos los cubanos y lo mejor nuestro quehacer nacional.
[1] Beatriz Bernal, Estudio histórico-jurídico de la Constitución de 1901, Revista Encuentro de la Cultura Cubana, número 24, primavera 2002.
[2] Ver Mons. Carlos Manuel de Céspedes, Aproximación a la Constitución de 1940, publicado en la Revista Encuentro de la Cultura Cubana , número 24 primavera de 200, Dossier: El estado de Derecho, Pág. 173; y Dr. Enrique Hernández Corujo, Historia Constitucional de Cuba, tomo II, página 159, La Habana, 1960.
[3] Ibidem.
[4] Ibidem.
[5] Ibidem.
sábado, 12 de enero de 2008
Neo-anexionismo
Es una enorme pena que se hable de anexiones con la facilidad con que nos aseamos cada mañana. Traigo a la memoria histórica de los cubanos que las luchas por la independencia fueron llevadas a cabo para ver a Cuba libre, independiente y soberana, como mismo la revolución de 1933 acabó con la República Plattista, e instauró la segunda república bajo los auspicios de la Constitución de 1940, más democrática, pero que continuó con la dependencia económica a los Estados Unidos, y con la ya acostumbrada corrupción administrativa. La república falló en permitirle a Batista su golpe de estado, la oposición falló en llevar al país al ámbito constitucional entre los años 1953 y 1956, con lo que la lucha armada fue la única alternativa, y el gobierno liberal de principios de 1959 falló junto con otros factores, entre ellos los Estados Unidos, de llevar la revolución por el camino institucional que la Constitución de 1940 aportaba, aunque deshaciéndonos de la ingerencia económica estadounidense de una vez por todas, gradualmente, para permitir la indemnización sin ahogar la economía cubana y permitir la diversificación necesaria y adecuada de los intereses económicos de la nación. Nada de esto se hizo. Y ya sabemos todos a dónde ha llevado al país los experimentos, el voluntarismo, las soluciones provisionales, el triunfalismo y las ideas descabelladas de un país que ha ido cada vez más al garete.
Después de una historia llena de luchas por lograr la independencia política y económica, ahora se vuelve a hablar de anexionismo. Siempre que el país tiene problemas de algún tipo, se recurre sin fallar al anexionismo, ya sean los intereses de la oligarquía cubana en la época colonial, como hoy la debacle económica, cuando la posible solución es una democracia donde se haga valer el imperio de la ley, liberando y democratizando también económicamente el país para sus ciudadanos, que sean dueños de su economía y la elección democrática de unos eficaces, transparentes, incorruptos gobernantes, que logren sacar a Cuba del barro, y hacerla verdaderamente independiente y soberana, para alejar de una vez por todas, y para siempre, el fantasma vil del anexionismo. ¿Qué clase de vende-patria somos que apelamos al nacionalismo cuando nos conviene, y corremos a abrazar al anexionismo cuando la cosa no va bien? Y es bastante sospechoso que el gobierno cubano, que ha mantenido durante tantos años un discurso nacionalista, habiendo fallado en darle una coherencia económica que encumbre nuestra soberanía y asegure nuestra independencia, recurra al anexionismo bajo la sospechosa confederación de naciones que pone en peligro nuestra soberanía e independencia, sólo por no llevar al país por el camino que debería ir.
Es la sociedad civil cubana quien debe denunciar al gobierno, sin cejar en esfuerzos, el peligro a que la nación está avocada, y con ella todos los cubanos, y no parar de luchar hasta conseguir la transición a la democracia que Cuba necesita. El gobierno cubano ha dejado de ser, hace mucho, garante de la independencia y soberanía del país, y ha llevado al país a la dependencia económica y a la debacle, así que legítimamente no tiene el derecho de seguir gobernando.
Jueves, 25 de octubre de 2007.
Cuba: Una Transición Movimiento
Después de la noticia de la cesión temporal de poderes de Fidel Castro a su hermano Raúl, se ha desatado la especulación sobre el futuro de Cuba y una posible transición hacia la democracia. Para todos los cubanos, y los no cubanos interesados, debemos centrarnos un poco más en la historia de Cuba y saber como hemos llegado hasta aquí y algunos por qué de la realidad cubana. Estoy un poco cansado de oír y leer opiniones con los mismos viejos argumentos tanto dentro de la isla como en el exilio. Hay que aclarar que Cuba lleva más de 200 años de transición a una república democrática y jamás hemos abandonado el ideal que se gestó desde el Padre Varela y por el que más tarde se inició la lucha por la independencia. Después que se aprobó el Tratado de Paris en 1898, una vez terminada la guerra hispano-cubano-americana, (nótese que en París sólo se reunieron España y los Estados Unidos y que ningún líder cubano fue jamás invitado), Cuba tuvo casi inmediatamente una intervención militar estadounidense hasta 1902, que volvió a repetirse más tarde de 1906 a 1909. Y para cuando se aprobó la primera constitución en 1901, el Congreso de los Estados Unidos, curiosamente, aprueba una ¡Enmienda Platt a nuestra constitución nacional! En ella, se adjudicaron el derecho de intervenir en los asuntos del país cuando les viniera en gana, así como el derecho de arrendar tierras para minas carboneras y bases navales. El gobernador estadounidense, General Leonard Wood dejó muy claro en 1902, que era preferible aceptar una independencia con restricciones que perpetuar la ocupación militar. Así, después de varias votaciones en contra por parte de la asamblea constituyente cubana, se vota a favor, porque no nos quedaba más remedio si queríamos poner fin a la onerosa ocupación. Para más INRI, los presidentes de la República de Cuba, con honrosas excepciones, durante los siguientes 50 años no hicieron más que pelearse como buitres para quedarse con el botín, el tesoro público. Hay que decir, además, que los Estados Unidos llegó a controlar económicamente el 90% de las minas cubanas, el 80% de los servicios públicos, el 50% de los ferrocarriles, el 40% de la producción de azúcar y el 25% de los depósitos y transacciones bancarias, además de que el resto de los bienes iban a parar al bolsillo de los políticos y a la oligarquía financiera cubana. Cuando en junio de 1952, el pueblo cubano, ya harto, parecía que iba a votar a uno de los pocos partidos que denunciaba los desmanes y males de la República y a sus ladrones, y pretendía cambiar la situación, (el Partido del Pueblo Cubano Ortodoxo), Fulgencio Batista da un golpe de estado en marzo de 1952, antes de que se celebraran las elecciones, arrebatando la valiosa oportunidad que el pueblo cubano tenía. Batista suspendió las garantías fundamentales de la Constitución de 1940, y estableció una de las más sangrientas dictaduras que Cuba conoció. En 1956 comenzó la guerra civil, la revolución, en la que, tenedlo bien claro, todo el pueblo de Cuba, y no sólo Fidel Castro, luchó para poder cambiar la situación desesperada en que vivía el país. Al triunfo de la revolución, el 1 de enero de 1959, Fidel Castro tomó medidas urgentes que el país necesitaba, pero, todo hay que decirlo, acusó y excluyó a todo aquel que tenía diferente opinión política respecto a lo que él creía que debería ser la nueva república, lejana al principal motivo de lucha de muchos cubanos demócratas por restituir una república democrática, alejando la corrupción y los males que azotaron a las dos primeras repúblicas, y deshacernos de una vez por todas de la onerosa ingerencia de los Estados Unidos en los asuntos internos del país. Hay que decir que el gobierno de Fidel Castro logró alejar con creces la influencia estadounidense, está más que claro, y establecer un sistema de educación y de sanidad pública, junto a un paquete de leyes sociales que cambiaron la realidad cubana positivamente. Tampoco debemos olvidar todas las violaciones a los derechos humanos y a los derechos y libertades fundamentales que sistemáticamente ha sido la tónica del gobierno actual. Debemos decir también que la reacción de los Estados Unidos a la pérdida de sus intereses económicos en la isla, fue establecer el embargo que ha padecido el país durante los últimos 47 años, y la oposición en el exilio cuya presión, que no fue nada conciliadora sino bastante agresiva, hicieron que el pueblo cubano pasara penurias, y que el gobierno revolucionario recrudeciera en muchísimas ocasiones la ya penosa situación, tomando medidas represivas a toda voz que denunciara sus arbitrariedades. Cuba vivió varias cacerías de brujas contra poetas, periodistas y escritores por atreverse a denunciar sistemáticamente estas arbitrariedades, sumado a los juicios sumarísimos, mal preparados, y sin tiempo a reunirse las pruebas necesarias. O sea, el gobierno denuncia, y el gobierno provee abogados, que no tienen ningún tiempo para preparar un juicio decente, para que defiendan a sus propios acusados, que no tienen ninguna oportunidad de ser absueltos y que desde el principio están ya condenados. Por mucho que el gobierno lo niegue, hay más de trescientos presos de conciencia. A todo esto, una parte de los que conforman la oposición en el exilio sigue echando más leña al fuego y se oponen vehementemente a que los Estados Unidos levanten el embargo económico más largo de la historia, cuando ya está más que comprobado que a los únicos que afecta es a la totalidad del pueblo cubano, que no a su gobierno, y está más que claro que el gobierno cubano no renunciará precisamente por el embargo, aunque este dure mil años. En el gobierno de los Estados Unidos ha habido, y hay personas e instituciones que han pedido a su gobierno que levante el embargo pero, una vez más, el lobby del exilio, y su peso electoral presiona para que el gobierno estadounidense siga con el embargo en pie. Es hora que el exilio cubano piense en tomar la iniciativa de la reconciliación nacional, que se sepa que muchos han dado ya este paso, si es que quieren realmente un cambio democrático en Cuba. Deberían pedirle al gobierno de los Estados Unidos que levante el embargo, al tiempo que se trabaje profundamente para la reconciliación nacional entre todos los cubanos, haciendo a un lado su odio ancestral, y acercándose a sus hermanos, padres, hijos, tíos, sobrinos y primos que viven del otro lado del Estrecho de la Florida. Así el gobierno cubano no tendrá ya más motivos para seguir utilizando la misma política desde hace 47 años. Por su parte el gobierno de los Estados Unidos, debe buscar a partir de ese momento acercar posiciones y reanudar relaciones normales con el gobierno de Cuba, sin interferir en el diálogo, ni en el posible proceso de democratización que Cuba debería seguir. Y cuando este proceso comience, no valen juicios sumarísimos ni licencia de tres días para matar, como piden algunos. Si queremos construir una verdadera democracia deben hacerse valer, desde el mismo instante en que comience el proceso, el estado de derecho y el imperio de la ley, sino estaremos luchando por una democracia durante otros cien años más, cargando por más tiempo la vergüenza y la profunda tristeza por no haberlo conseguido.
